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Opinión

La Minga indígena y su deslegitimación alrededor de la narrativa

Redacción Enfoque

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Por: Julian Betancourt Nieto

“Narcotraficantes y guerrilleros” son los calificativos que uno observa en redes sociales, charlas de familia o con amigos cuando se refieren a los indígenas, ¿es correcto definirlos con estos calificativos o es mejor entender que igual que la policía no todos son así y hay solo ‘manzanas podridas’?

Cuando escribía estas líneas, la minga indígena ya había llegado a su lugar de destino, la capital de la república, la fría Bogotá, el centro del poder político de Colombia, lejos de sus territorios y forzados a dejarlos por el acontecer social, económico y de seguridad ante los oídos sordos del gobierno, ellos, los indígenas y demás grupos sociales se tomaron la capital para decir aquí estamos con “minga, minga fuerza, fuerza” motivados por la lucha constante que ha hecho esta nación a través de la historia, configurada por constantes luchas políticas que buscan abrir espacio en las instituciones que hoy, parecen estar cerradas a criterios fijamente ideológicos en concordancia con sectores políticos específicos del partido de gobierno, y por esa línea, seguidores que tras la narrativa deslegitima la movilización social cuya expresión democrática, representa hoy los sectores indígenas del país, en especial del Cauca y otras regiones que vienen siendo afectadas por el asesinato sistemático de líderes, lideresas y defensores de Derechos Humanos.

“Narcotraficantes, guerrilleros” son los calificativos que uno observa en redes sociales, en charlas de familia o con amigos, cuando se refieren a los indígenas, el argumento está definido por la zona de la que vienen, en donde se concentra un alto número de cultivos de cocaína, lo que origina también, la fuerte presencia de grupos al margen de la ley,  en el pasado de frentes guerrilleros de las extintas FARC -EP, hoy, los mismos grupos ahora llamados disidencias por el mismo Ministerio de Defensa, la pregunta es básica ¿es preciso calificar a los indígenas guerrilleros o narcotraficantes por el lugar de dónde vienen? O más bien hay que reflexionar sobre el asunto, desprendiéndose de todo tipo de apasionamiento político para entender que si bien pueden existir indígenas enmarcados en estas definiciones peyorativas, no significa que las mujeres, niños y niñas, familias completas y todos los que se movilizaban en diferentes vehículos hacia Bogotá, merezcan ser llamados de tal forma, un ex contralor de Ibagué fue crítico en una red social tras indignarse porque en la movilización de la minga indígena, muchos de ellos se movilizaban en camionetas de alta gama, ¿es enserio? ¿ese es el debate? No pueden entonces los indígenas tener camionetas de alta gama y, en la mayoría asignadas por la Unidad Nacional de Protección porque los están matando en sus territorios, tal vez en la cosmovisión del señor excontralor los únicos que pueden tener, empresas, carros y lujos son los que llaman los “ciudadanos de bien” los “indios”, esos de la periferia se deben limitar al caballo, al burro o a cualquier otro medio de transporte, menos en una Toyota Tx.

Me recuerda  lo mismo de hace un tiempo, cuando la Policía Nacional asesinó a Javier Ordoñez en la ciudad de Bogotá, o cuando el ESMAD asesinó a Dilan Cruz en la misma ciudad, al respecto llegaron calificativos de la otra orilla diciendo “Policías asesinos”  definición general que enmarca a todos los miembros de esta institución como tal, de ipso facto, los que hoy dicen indígenas “guerrilleros, narcotraficantes” con cruentos argumentos salieron a decir que no  toda la Policía tenía estas conductas y que se trataban de “manzanas podridas”, ¿por qué no darle este mismo beneficio a los pueblos indígenas que  legítimamente y amparados sobre el valor democrático, se movilizan como una forma de lucha política para exigir  seguridad en sus territorios porque los están matando? tal vez porque sus exigencias no las hacen por los canales institucionales de representación a los que nos tiene acostumbrados las viejas apuestas de la “democracia liberal”, representación que ya no existe y se sirve a intereses propios en el congreso de la república.

Bajo esa narrativa premeditada, y ampliamente difundida nos hemos estado moviendo como sociedad colombiana, instrumentalizados con un objetivo: desconocer al otro, reducirlo y con ello reducir cualquier expresión o posición ideológica que lleve a desestabilizar el poder absoluto de los instrumentalizadores, esos que hoy tiene a Colombia partida en dos orillas.