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Opinión

JUVENTUD: “GENERACIÓN DE CRISTAL”

Redacción Enfoque

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Por: María José Alvis Castillo – Estudiante del grado 11 del  Colegio Santa Teresa de Jesús y Representante Estudiantil

“Definitivamente nuestra juventud es toda una paradoja: se tiene que acercar uno por lo menos un poco para captar sus dulzuras, para constatar y alegrarse de lo terca que es en ellos la esperanza”. – María Emma Mejía.

Por años, la juventud siempre ha estado en el ojo del huracán, bien sea de manera positiva o negativa. No importa la época, el pensamiento o la persona: escuchar “es que estos jóvenes de hoy en día…”  se vuelve cotidiano cuando se habla de los mismos.

Y es que es así: Los que fueron jóvenes alguna vez tienden a creer que su generación fue superior, y que el hecho de ya haber pasado por esta época los hace intocables; impenetrablemente sabios. Cualquiera que haga parte de esta juventud es considerado de manera inmediata falto de conocimiento, y además, utilizan el término peyorativo “generación de cristal”, el cual crearon para en resumen, justificar lo normalizado que en sus épocas tenían la violencia, el machismo y la falta de empatía. Inclusive, debido a esta influencia negativa, son muchos los mismos jóvenes que llaman así a sus propios contemporáneos.

El término se acunó desde dos puntos de vista distintos: el primero, refiriéndose a la “hipersensibilidad” de los jóvenes, quien según el columnista Francisco Javier Acuña, en su pensamiento,  “Esa es la clave de su peculiaridad, están preparados al éxito, al triunfo, a la fortuna, pero si algo sale mal, si tropiezan con un imponderable que arruina la meta o el objetivo o son criticados por quienes no se ubican en esa situación, se desata en ellos una intolerancia desproporcionada a sus detractores que puede culminar en ira, violencia física y verbal o, ante situaciones de máxima presión, en una peligrosa propensión al suicidio”. Por otro lado, también se toma como “los jóvenes que no son capaces de soportar nada”; no solo en temas emocionales, sino en cualquier situación que implique sobretodo la burla, mofe o normalización de cualquier tipo de violencia.

Según Claire Fox, directora del Instituto de Ideas en el Reino Unido y autora del libro I Find That Offensive!, muchos en esa generación no pueden lidiar con puntos de vista distintos a los suyos, y no toleran las críticas a pesar de que sean válidas. “Reaccionan agresivamente porque creen que tienen derecho a hacerlo y además exigen disculpas si llegan a sentirse ofendidos”, afirma la autora. La psicóloga María Elena López, por su parte, afirma que “Esto los hace hipersensibles a cualquier observación sobre sus comportamientos y muestra una exigencia a veces exagerada de recibir un trato de igual a igual”. En mi punto de vista, esto es vil bazofia, sin más. Aunque es cierto que muchos reaccionan agresivos, no es solo de esta generación: ¡Cualquier persona que le digan algo con lo que no está de acuerdo no le va a gustar! El problema de muchos es que justifican sus escupitajos de odio tras un manto de “es libertad de expresión. ¿No que la defienden mucho?”. Sí, cariño; pero si tu opinión ofende o carga odio, pasa de “libertad de expresión” a palabras que cortan como cuchillos filosos. Entre crítica constructiva y crítica destructiva, hay una delgada línea que muchos no son capaces de distinguir.

No, no justifico la respuesta agresiva: defiendo el hecho de exigir un trato de respeto igual. Porque ese es otro lío: nos criaron con la idea de siempre respetar a los mayores o superiores, pero nunca nos enseñaron que los mayores también deben respetarnos a nosotros. Lo siento, pero la edad no siempre merece respeto; yo no voy a ofrecerle esto a una persona que no es capaz de brindármelo; sea mayor, menor o un elefante hindú.

Lo más gracioso de todo, es que la generación que nos critica es, a su vez, la que nos hizo así. Y en parte, no es culpa de ellos: el mundo se fue deteriorando tanto al punto de hacerlo extremadamente inseguro –que por cierto, somos los llamados “hechos de cristal” los que queremos hacer algo para solucionarlo, a pesar que a nosotros nos lo entregaron así generaciones pasadas-, por lo que la sobreprotección de los padres incrementó a comparación de décadas pasadas; López misma afirma que “Lo anterior se debe también a que los papás perciben el mundo como un lugar cada vez más inseguro y deben darles cuidado extra a sus hijos. Esto provoca un nivel de sobreprotección bastante grande. Por eso quizás los jóvenes son menos resilientes, o en otras palabras, son más débiles ante las adversidades y les cuesta más superar las dificultades”.

Y es que el cambio abrupto entre generación y generación se debe a la misma influencia del modernismo: fue una ruptura entre un pensamiento que dio vida a otro más coherente, evolucionado, y sobretodo, libre de la normalización de estructuras dañinas que estaban arraigadas en nuestra sociedad. Pero la pregunta es: ¿Por qué esta generación es así, si la pasada (la que nos crio) se supone que nos enseñó lo mismo que le enseñaron –valga la redundancia-, y esto no es la base del pensamiento juvenil actual? Conciencia, es la respuesta. A pesar que muchas veces nos sentimos mal, normalizamos el hecho de ir a terapia (cosa que antes era considerado para “locos”), llorar si nos sentimos mal independientemente del sexo, amar y sentir lo que nos hace feliz y no lo que “está bien para la sociedad” –o para los dogmas estúpidos creados desde hace siglos-, y en general, cuestionarnos, buscar soluciones y tratar de entregarle la próxima generación un mundo menos acabado y más tolerante, a diferencia del que nos dieron a nosotros.

Personalmente, agradezco de manera profunda a Dios, el destino o cómo lo quieran llamar el haber nacido en esta generación. Prefiero mil veces ser señalada por «hipersensible», a ser parte de un conjunto que normalizó abusos, guerras, y maltrato como medio de solución a todo, además de prohibirle a muchos de sentir lo que realmente querían sentir.

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