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Opinión

¿Alguien quiere pensar en las paredes?

Redacción Enfoque

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Por: Valentina Giraldo

En la última semana, un grupo de manifestantes quemaron 48 Comandos de acción inmediata (CAI) en Bogotá; y en Popayán indígenas Misak tumbaron el monumento a Sebastián de Belalcázar.

Dos hechos que, aunque aparentemente responden a móviles distintos, están ligados, no sólo por configurarse como una forma de sublevación ante el fenómeno de opresión a la que históricamente hemos estado sometidos, sino también por quienes, con “dolor patrio” lloran su pérdida.

Sí, lloran la caída de un monumento que encarna la derrota, violencia y el yugo al que los españoles sometieron a los pueblos originarios. Y aunque bien, hace parte de nuestra historia, no existe una razón válida para enaltecer a aquellos que condenaron a los pueblos indígenas al olvido.

Sí, lloran la pérdida de 48 CAI. Lugares que, en múltiples ocasiones, han sido testigos de horrores como el homicidio de Javier Ordóñez.

No quiero con esto, de manera alguna legitimar actos vandálicos que además de desdibujar el fondo loable de la protesta social, justifican el actuar autoritario por parte del Gobierno de turno.

Sin embargo, un escalofrío me recorre el cuerpo cuando percibo a quienes, ignorando que durante el 8, 9 y 10 de septiembre resultaron heridas 200 personas entre civiles y uniformados; 14 asesinadas a manos de la Fuerza Pública; y a manos de delincuentes otra más, deciden volcar su atención hacia las minucias.

Así, la ciudadanía y los medios de comunicación optan por no hacer un balance o una crítica frente a las situaciones coyunturales que abrieron paso a las manifestaciones. En vez de ello, hacen balances de las pérdidas materiales que generaron los desmanes.

¡Y por supuesto que entiendo que el costo de repararlos saldrá del bolsillo de todos los colombianos! Pero también ha salido de nuestros bolsillos el dinero que ha consumido la corrupción, y que hoy, hunde en la miseria a un país que, teniéndolo todo para ser próspero, sólo es reconocido a nivel mundial por ser pionero del narcotráfico, la guerra y la desigualdad.

Ahora bien, intentando practicar la alteridad, he concluido que este fenómeno de indolencia por la vida no es sólo de responsabilidad individual, sino que también responde a una cultura donde se ha establecido que el cemento es progreso; que las grandes infraestructuras, las mega obras y la conservación de los planteles institucionales representan el buen desempeño de un mandatario, y que esto es lo único que importa.

Aunque no es falso que lo relacionado a infraestructura tiene incidencia directa en el nivel de desarrollo de los países, también es cierto que, en uno como el nuestro, donde las problemáticas son tantas y deben abordarse por renglones, no es esta la que se convierte en determinante.

Aun así, bajo ese paradigma, la infraestructura citadina ha llegado a cobrar un rol protagónico. Al punto, que muchas personas consideran que su destrucción traduce la debacle de su ciudad; pero cuántas de esas personas se habrán detenido a pensar ¿qué es lo que mueve a esos “vándalos” a comportarse como tal?

Quizás, si en algún momento llegaren a cuestionárselo, entenderían que, para un joven o un indígena que no ha gozado de los aparentes privilegios que tiene la clase media colombiana, en un entorno salvaje de supervivencia, una pared no significa nada; y si tumbarla es la única vía para que la sociedad ponga los ojos sobre sí, no tendrá reparo en hacerlo.

Por último, a quien me lee, le pregunto: Si mañana su hijo, su hermano, su mamá o un buen amigo es asesinado, y una multitud destruye la casa de su asesino, ¿Usted llora a su ser querido, o a las paredes del rancho caído?